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Avaricia

Vesper Tiamat
Economista & Psicoterapeuta Psicoanalista

​Economista de trinchera viviendo el leveling up de la mazmorra corporativa. Analista de pactos denegativos, tramas vinculares y del imaginario de esa piel grupal que contiene o asfixia para pertenecer.

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​Soy Vesper. En esta corte soy la voz de la Avaricia: para mí todo vínculo arranca en la fricción transaccional de resultados —en el gasto de afecto y complacencia— y termina en el balance, donde cada saldo se vuelve pasivo que retenemos. De ahí que todo sujeto termine siendo sujeto de ser balanceado; acumulamos experiencias no para vivirlas, sino para fondear el miedo al derrumbe.

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​Dos décadas en los circuitos del capital me enseñaron la arquitectura de la deuda y la farsa del autoexplotado que llama libertad al rendimiento. En el diván sostengo la escucha para comprender la misma herida: cómo se entrega la nuda vida como colateral para pagar el interés compuesto de la obediencia y el rendimiento, entre objetos bizarros que nadie quiere mirar.

​Nunca tuve vocación de Manic Pixie Dream Girl: no vine a subsidiar el vacío existencial de ningún sujeto con una sonrisa y una playlist. Mi estética grunge-skater delata mi generación; mi debilidad por las historias de leveling up delatan la esperanza, sobre todo si incluyen villanas condenadas que se niegan a morir y mandan al diablo el guión.

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​Al Diván vengo a rastrear la estructura de capital de cada vínculo: quién cobra rendimientos como depositante, quién absorbe el pasivo y paga con el cuerpo y el acto como depositario, y qué es ese saldo depositado que nos compele ciegamente a rendir hasta dejarnos sin liquidez.

 

Mi contradicción es flagrante: en la clínica desmonto esa deuda, pero en el corporativo digitalizo la circulación del capital; busco controlarlo todo mientras experimento el hipercansancio, especulando a futuro para cubrir certezas que el propio mercado no puede garantizar.

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​Ante Lucifer intento negociar desde una posición de fuerza, pero mi soberanía colapsa: extiendo la mano esperando reciprocidad y él la esquiva con exquisito desprecio. Dos décadas estudiando el mercado y sigo invirtiendo en un gato que no garantiza rendimientos.

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