Pathei mathos: por qué creemos que aprender requiere sangrar

Actualizado: 12 oct
Me inquieta la facilidad con la que convertimos el sufrimiento casi en una virtud. He escuchado a personas decir: «Sufrí mucho en esa relación, pero aprendí mucho». A otros, cuando van al gym a ponerse mamados: «No pain, no gain». Otros justifican el dolor en su relación diciendo «pero es buena persona», o incluso las chingaderas que llegan a hacer los padres con un «no hay que juzgarlos». Neta, somos muy creativos para justificar el dolor en la vida.
Entiendo la necesidad de darle sentido. Lo que me cuesta aceptar es concluir que, porque aprendimos después de sufrir, necesitábamos sufrir para aprender.
Esa lógica atraviesa nuestra manera de hablar del amor, del esfuerzo y de la pertenencia: «Te aguantas», «Amar hasta que duela», «El que por su gusto muere, hasta la muerte le sabe», «El que quiere azul celeste, que le cueste», «Lo que no te mata te fortalece», «La belleza cuesta». Y una muy conocida en nuestra cultura mexa, que vivieron nuestros padres y abuelos: «La letra con sangre entra».
Quiero detenerme precisamente ahí: en el momento en que el dolor se convierte en una prueba de valor y soportarlo parece demostrar cuánto amamos, cuánto merecemos o cuánto hemos aprendido.
Aprender a punta de putazos
Primero quiero distinguir dolor y sufrimiento, sin fingir que podemos separarlos con bisturí. El médico Eric Cassell planteó que el sufrimiento involucra a la persona y aparece ante amenazas a su integridad: a su identidad, sus relaciones y aquello que da continuidad y sentido a su vida. Puede acompañar al dolor físico, pero no se reduce a él. Cassell, The Nature of Suffering and the Goals of Medicine.
También me sirve la enseñanza budista de las dos flechas. En el Sallatha Sutta, la imagen distingue el dolor corporal del padecimiento mental que puede acompañarlo: recibir una flecha y después otra. Me interesa como una manera de pensar lo que sucede alrededor de una experiencia dolorosa, no como una orden de dejar de sufrir por voluntad propia. Sallatha Sutta, SN 36.6.
Pienso en esas ocasiones en que algo nos duele y, además, empezamos a tratarnos de la chingada por estar sintiéndolo: «Qué pendejo fui», «ya debería haberlo superado», «esto me pasa por confiar». La experiencia duele y encima nos convertimos en nuestro propio tribunal.
Pero aclaro: esa segunda flecha no siempre nos la clavamos de manera consciente. Tampoco basta con decir «pues ya no pienses en eso» para detenerla. Hacer del sufrimiento otra culpa sería una forma bastante torcida de usar esta metáfora.
A veces seguimos revisando el chat con un ex porque lo extrañamos; otras, quizá también buscamos algo que confirme que lo vivido tuvo sentido. O nos la pasamos trabajando, saltándonos comidas y sobreviviendo a puro café godín, mientras sentimos que todavía no hemos hecho suficiente para ganarnos nuestro lugar. Son posibilidades para preguntarnos qué está pasando, no respuestas universales sobre la vida ajena.
Y aquí entra el nombre de todo este asunto: pathei mathos —πάθει μάθος—. Son dos palabras del griego antiguo. Pathei es una forma de pathos, que puede referirse a lo que uno experimenta o padece y, en este contexto, al sufrimiento; aquí expresa el medio por el que se aprende: «por medio del padecimiento». Mathos significa aprendizaje o conocimiento adquirido. Juntas: aprender a través del sufrimiento. En mi traducción de banqueta: aprender a punta de putazos. Esta última corre por mi cuenta, no por la de Esquilo.
La referencia clásica de esta fórmula está en el verso 177 del Agamenón de Esquilo, primera tragedia de la Orestíada, estrenada en Atenas en 458 a. C. El coro presenta a Zeus como quien establece el aprendizaje mediante el sufrimiento. Hace casi dos mil quinientos años esta relación ya tenía lugar en el teatro griego.
Pero conviene distinguir la fórmula de la idea: el vínculo entre padecer y aprender tiene antecedentes en la poesía homérica. Por eso prefiero situar en Esquilo esta formulación célebre y no anunciar que allí alguien descubrió, por primera vez en la historia, que sufrir podía enseñar algo. Antecedentes recogidos por el Instituto Cervantes.
¿Y qué pasa en la obra? Agamenón regresa a Argos después de la guerra de Troya y Clitemnestra, su esposa, lo mata. Entre los motivos que ella reclama está el sacrificio de Ifigenia, la hija de ambos. El regreso glorioso termina atravesado por la violencia que precedió a la victoria.
En esa visión trágica, comprender puede costar demasiado y llegar tarde. Yo encuentro un eco de esa lógica en nuestros refranes: la herida como maestra y la cicatriz como constancia de que, ahora sí, ya entendimos. Eso no significa que todos esos dichos provengan históricamente de Esquilo, sino que comparten una confianza sospechosamente familiar en el poder educativo del sufrimiento.
Lo que me interesa es qué hacemos hoy con esa idea. Cómo pasamos de reconocer que ciertas experiencias dolorosas pueden enseñarnos algo a concederle al dolor una autoridad pedagógica.
«Es por tu bien». «Algún día me lo agradecerás». «La vida te está enseñando».
Son frases que pueden acompañar una dificultad inevitable, pero también justificar una crueldad perfectamente evitable. La supuesta enseñanza sirve entonces para dejar de preguntar quién hizo daño, qué responsabilidad tiene o de qué otra manera pudieron suceder las cosas.
Para mí, reconocer un aprendizaje no obliga a agradecer la herida, los putazos o que alguien haya intentado joderme la vida. Porque sí, queridos: de que hay gente culera, la hay.
Puedo haber comprendido algo después de una pérdida y seguir deseando que no hubiera ocurrido. Puedo haber aprendido a defenderme sin concederle a quien me lastimó el mérito de haberme «educado».
A veces atribuimos al golpe lo que hicimos nosotros durante la recuperación.
La contabilidad de Papi Freud
Freud permite formular el problema desde otro lugar. En El problema económico del masoquismo (1924) distingue las formas erógena, «femenina» y moral. El segundo término pertenece a las categorías de género de su época; no debe leerse como una esencia de las mujeres. El masoquismo moral se relaciona, en su teoría, con la culpa inconsciente y la necesidad de castigo.
Aquí la pregunta es qué función puede adquirir el sufrimiento en la vida psíquica. La segunda flecha del relato budista y el masoquismo moral no son conceptos equivalentes; ponerlos en conversación requiere conservar esa diferencia.
Pienso la cuestión freudiana como una contabilidad interna bastante cabrona: descansar genera deuda, desear algo propio cobra intereses y no cumplir las expectativas ajenas amerita recargos. Y ahí vamos, pagando con sufrimiento, como si estar bien fuera un lujo que primero hay que purgar.
¿Cuánto sentimos que tenemos que pagar antes de darnos permiso de estar bien?
Desde ahí me hace ruido esa frase que parece mandato: «Amar hasta que duela». Tampoco vamos a diagnosticar masoquismo por una frase; Freud no nos dejó un detector de síntomas para pasarle al refranero. Pero sí quiero detenerme en lo que exige cuando se convierte en regla: ¿a cuánto tienes que renunciar, cuánto debes aguantar y cuánto de ti necesitas perder para que alguien te crea que amas?
Me preocupa esa facilidad con la que poner un límite termina convertido en una acusación: «Entonces no me quieres tanto». Cuidarte parece egoísmo; decir «hasta aquí», una traición. Y acabas presentando tu agotamiento como comprobante de amor, a ver si esta vez sí te dan por pagada la deuda.
Si hasta estar en paz te hace sentir culpable, esa cuenta no se acaba de pagar nunca.
También aprendemos jugando
Uno de mis autores favoritos es Jaak Panksepp, neurocientífico y psicobiólogo, pionero de la neurociencia afectiva. Su modelo propone siete sistemas emocionales primarios, investigados ampliamente en otros mamíferos.
Entre ellos están BÚSQUEDA, que participa en la exploración y la motivación; IRA, relacionada con respuestas ante ciertas restricciones y frustraciones; y JUEGO, vinculado con el juego social. También resulta pertinente PÁNICO/DUELO, relacionado con el malestar de separación. Aquí «pánico» es el nombre del sistema, no un diagnóstico de ataques de pánico.
Como buenos animales mamíferos, nuestra vida afectiva tiene una historia anterior a las explicaciones tan sofisticadas que damos de nuestros dramas.
Y aclaro: Panksepp no vino a demostrar que Freud tenía razón. Estudiar sistemas afectivos e interpretar una necesidad de castigo son tareas distintas.
El JUEGO me interesa porque abre otra manera de pensar el aprendizaje. Desde ahí, yo también quiero reivindicar el encuentro corporal, con presencia y espacio para jugar. Es una postura mía; el modelo no permite decretar que los vínculos por pantalla sean irreales.
Me cuesta aceptar que le demos tanto crédito a lo que nos rompió y tan poco a lo que nos dio confianza para intentar algo nuevo. A veces aprendimos porque alguien jugó con nosotros, nos tuvo paciencia y nos dejó equivocarnos sin cobrarnos cada error.
También eso nos forma, aunque no tenga el prestigio dramático de una buena herida.
El sufrimiento como comprobante
Hay otra dimensión que me interesa: el valor social del sufrimiento. Lo que permite demostrar frente a los demás.
Los psicólogos sociales Elliot Aronson y Judson Mills hicieron en 1959 un experimento que me parece una joyita para pensar cuánto nos cuesta admitir que algo no valió la pena. Reunieron a unas morras universitarias interesadas en un supuesto grupo de discusión sobre psicología del sexo. Algunas tuvieron que leer palabras obscenas y pasajes sexuales frente a un investigador; otras pasaron por una prueba menos bochornosa y otras entraron sin prueba de iniciación.
Después escucharon una discusión deliberadamente aburrida. Quienes habían pasado por la iniciación más embarazosa valoraron mejor al grupo. Los autores interpretaron el resultado desde la disonancia cognitiva: atribuirle más valor podía ayudar a justificar el costo de ingresar. El experimento no demuestra que sufrir produzca lealtad automáticamente ni explica por sí solo cualquier secta o comunidad religiosa.
Dicho como yo lo entiendo: «Después de todo lo que pasé para estar aquí, ¿ahora resulta que esta chingadera ni valía la pena?»
Eso me deja una pregunta bastante cotidiana: ¿seguimos defendiendo algo porque vale la pena o porque aceptar lo contrario nos obligaría a reconocer cuánto perdimos?
Pienso en las novatadas y en el famoso «aquí todos pasamos por lo mismo». Qué facilidad para convertir una humillación recibida en permiso para humillar al siguiente. También pienso en esos trabajos donde dormir poco, comer a deshoras y vivir agotado se presentan como pruebas de compromiso. Y todavía hay que sentirse orgulloso.
Haber aguantado se convierte en una autoridad. Quizá cuestionar la siguiente humillación también nos obligaría a mirar la nuestra y reconocer que pudieron habernos tratado mejor.
Podemos hacer del dolor una forma de sobresalir, ¡de ser chingón!: «Nadie ha pasado por lo que yo», «yo no me rajo», «a mí nada me ha sido fácil». Una historia difícil acaba convertida en la medida con la que juzgamos el merecimiento ajeno.
Hasta el cuerpo tiene que presentar recibos
Con el cuerpo también hacemos esas cuentas: cuánto nos costó cambiarlo, cuánta hambre aguantamos, cuánto dolor soportamos y a cuántas cosas renunciamos. Y luego viene el «si yo pude, tú también», como si todos tuviéramos el mismo cuerpo, los mismos recursos y las mismas pinches condiciones.
Una cirugía estética o una dieta no bastan para colgarle a nadie la etiqueta de narcisista. Me interesa ese discurso que convierte el sacrificio corporal en una medalla de superioridad: «Yo sí tuve disciplina», «yo sí me lo gané». ¿Ganarte qué? ¿El derecho a sentirte a gusto contigo? No mamar.
Bajo esa lógica, estar bien sin haberte castigado lo suficiente parece hacer trampa.
Hasta para disfrutar tu cuerpo te piden comprobante de sufrimiento.
Me asusta, pero me gusta
Aquí sí quiero detenerme tantito. La frase puede hablar del gusto por la intensidad, por probar algo nuevo o por un riesgo que elegimos correr. Pero cuando hay una relación que lastima, hace falta escuchar bastante antes de soltar el clásico «pues ahí sigue porque le gusta sufrir». Qué cómoda esa explicación: en una frase ya resolvimos la vida ajena y hasta nos sentimos psicólogos.
¿Dónde dejamos las amenazas, el aislamiento, la dependencia económica, el afecto que todavía existe o las posibilidades reales de salir? Desde afuera es facilísimo decir «yo ya me hubiera ido». Habría que ver con qué recursos, con qué apoyos y con cuánto miedo.
Desde una lectura psicoanalítica podemos preguntar por la repetición: ¿qué vuelve a pasar?, ¿qué lugar ocupamos ahí?, ¿qué esperamos que esta vez sea distinto? Pero si despachamos cada historia con un «es que elige lo conocido», convertimos una pregunta en una etiqueta. Y para etiquetar gente ya tenemos bastante talento.
También me interesa revisar con qué historias aprendimos a querer. Las canciones que cantamos a todo pulmón, las películas que nos vendieron la insistencia como romance y los consejos familiares de «si te cela, es porque le importas». Después de tanta educación sentimental, hasta la tranquilidad puede parecernos sospechosa: «Está bonito, pero siento que le falta algo».
¿Algo como qué? ¿La angustia de no saber si mañana te va a seguir queriendo?
Me pregunto cuándo aprendimos a medir la profundidad de un vínculo por el miedo a perderlo. No necesito afirmar que el cerebro confunde automáticamente miedo con deseo para señalarlo. A veces le ponemos nombre de romance a una intensidad que todavía no nos hemos dado tiempo de entender.
Revisar la cuenta
No vengo a quitarle a nadie el sentido que haya encontrado en su dolor. Si puedes mirar atrás y decir «aprendí algo de esa chingadera», ese aprendizaje es tuyo. Me interesa que también puedas decir: «Y aun así, no tendrían que haberme tratado de esa manera». Las dos cosas caben en la misma historia.
Habrá esfuerzos, frustraciones y pérdidas que no podremos evitar. Pero también hay daños que seguimos justificando con una facilidad tremenda. Si a todo le ponemos «lección de vida», ¿en qué momento preguntamos quién hizo daño, quién pudo impedirlo y por qué todavía esperamos que la persona lastimada salga dando las gracias?
Por eso vuelvo al pathei mathos con otra pregunta: ¿qué hicimos con ese dolor para llegar a comprender algo? Quizá necesitamos tiempo, compañía, palabras o suficiente distancia para mirar lo ocurrido. Quizá alguien nos escuchó sin pedirnos que fuéramos fuertes. Quizá empezamos a aprender cuando por fin dijimos «hasta aquí».
Me cuesta darle todo el crédito al sufrimiento y dejar fuera el trabajo que hicimos para salir de ahí. Bastante nos costó como para entregarle también la autoría de lo que pudimos reconstruir.
¿Qué parte de lo que hoy reconoces como aprendizaje nació de haber recibido apoyo, de poner distancia o de dejar de aguantar?
Antes de agradecer otra «lección», prefiero revisar la cuenta: qué aprendí, qué perdí y quién sigue cobrando.
Porque haber pagado tanto no me obliga a seguir pagando. Y a estas alturas, tampoco pienso dejar propina.
Si quieres seguir rascándole a esta incómoda relación entre aprender, sentir y sufrir, te recomiendo estas lecturas. Porque también podemos aprender leyendo, sin esperar al siguiente putazo:
Esquilo — Tragedias. Incluye Agamenón, donde aparece el pathei mathos. Disponible en español en Alianza Editorial.

Papi Freud — El yo y el ello y otras obras, volumen XIX de sus Obras completas. Busca especialmente el ensayo «El problema económico del masoquismo». Edición en español de Amorrortu.

Jaak Panksepp y Lucy Biven — The Archaeology of Mind. Para profundizar en los sistemas afectivos y nuestras raíces mamíferas. Esta recomendación es de la edición en inglés de Norton.





Agradezco que hay este tipo de escritos, ya q plasman de una forma muy sencilla de entender una realidad que traemos arraigada desde muchos años atrás… y bueno me hace abrir los ojos y darme cuenta q por años he pensado así… y que mejor que saberlo para poder cambiar!!! Muchas gracias!!!
"No mamar". Qué risa! Pues sí, se me viene a la mente el precio que se paga, todo cuesta, derecho de piso, derecho de antigüedad, tener que sufrir y pasar por todo un proceso para llegar a cierto lugar. Sufrimiento al por mayor, sangre, pagar con sangre. Hay muchas explicaciones para esto y siento que una de ellas es también cultural. Algo que hace que nos jalemos de las piernas cuando el otro está subiendo, una crueldad y sadomasoquismo muy arraigados. En pequeñas cosas del día a día, incluso. No hay amabilidad ni cortesía. Hay prisa y agresión. En todos lados se cuecen habas, claro, pero sí he experimentado esto en los contextos que habito. Y lo puedo racionalizar ahora…
Al leerte volteo a ver la situación en la que vivimos muchas personas que fuimos educadas con la creencia heredada de tener que esforzarnos al límite para tener éxito, para lograr cumplir con un ideal del Yo bastante juzgador y lacerante, sin embargo en la práctica aterrizando en la realidad brota el sufrimiento, la vida se gasta, se agota, se apaga entre el caos de una ciudad plagada de máquinas de producción y dentro de una oficina bebiendo una taza de café ☕ cuyo estímulo provocado por el aroma y sabor de la cafeína permiten "echarle el último jalón" para seguir arrastrando el peso del sufrimiento.
Mw parece que estamos en una sociedad donde el sentir dolor y culpa es parte de lo cotidiano. Justo ayer me pasó algo que me hizo sentir frustrada… tuve que correr a una chava de mi trabajo, y me sentí muy mal por hacerlo. Pero , ¿Por qué sentirme mal y culpable cuando debo entender que no era apta para el puesto y que su talento está en otro lugar?
¿Por qué un despido lo sentimos como si fuera el fin del mundo?, ¿Por qué me duele una relación?, ¿Por qué me duele la muerte aún sabiendo que lo vamos a vivir?, el dolor sigue presente. En vez de pensar, qué lección me está dando esto y seguir en paz.
Detesto todo lo que se refiera a la iglesia evangélica brasileña, excepto su slogan: Pare de sufrir, siempre he pensado que es una gran frase, que mi hubiera gustado haberla acuñado, pero me la ganaron y justo en ella pensaba mientras te leía, coincido contigo, tendríamos que desmontar el binomio de que solo se aprende si se sufre, la gran pregunta es cómo? Claro, primero reivindicando y dando su justo valor a otras maneras de aprender, ya enumeradas algunas, jugar, leer... segundo, sería cosa también de aprender a conjugar la vida con otros verbos: gozar, reír, soltar, encabronarse, etc. y tercero, siguiendo con la propuesta de Freud, deberíamos hacer rentables otras prácticas, si hay un costo beneficio del sufrimiento, tendríamos…