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Tenemos que hablar de la muerte

Foto del escritor: Morrigan - Pereza
Morrigan - Pereza
12 oct
4 min de lectura

Últimamente me he cuestionado la necesidad de hablar de la muerte, esta necesidad surge de notar cuánto esfuerzo ponemos en no hacerlo. La nombramos con rodeos "se fue", "ya descansa", "nos dejó", "pasó a mejor vida". A los niños les decimos que el abuelo se durmió o que está en una estrella. En las reuniones cambiamos de tema cuando alguien menciona un diagnóstico, y al que acaba de perder a alguien le ofrecemos frases hechas que sirven, sobre todo, para tranquilizarnos a nosotros.


No siempre fue así. El historiador Philippe Ariès mostró que durante siglos en Occidente se moría en casa, en la propia cama, rodeado de familiares, vecinos y niños. La muerte era un acontecimiento público y conocido, casi doméstico. Fue en el siglo XX cuando se volvió algo que hay que esconder, la trasladamos al hospital, la pusimos en manos de especialistas y la convertimos en un asunto técnico. De forma que se convirtió en una muerte prohibida.


Podría pensarse que en México somos la excepción. Cada noviembre le ponemos flores, pan y papel picado, nos comemos una calaverita de azúcar con nuestro nombre y nos reímos de ella en verso. Pero me pregunto si la fiesta no nos sirve a veces para hablar de la muerte y así no tener que hablar de esta muerte, la de mi padre, la de mi amiga, la mía. Octavio Paz ya sospechaba que esa familiaridad burlona tiene algo de máscara, y que la indiferencia ante la muerte suele ser la otra cara de cierta indiferencia ante la vida. Jugar con la calavera no es lo mismo que sentarse a decir que tengo miedo.


Freud escribió en 1915, en plena guerra, que nadie cree de verdad en su propia muerte. Cuando intentamos imaginarla seguimos ahí, como espectadores de nuestro propio funeral. En el inconsciente, decía, cada uno está convencido de su inmortalidad. Esto no es una falla de carácter ni una cobardía, es un límite de lo que podemos representarnos, no hay experiencia previa de no existir de la cual echar mano. Pero una cosa es ese límite, que compartimos todos, y otra el silencio que construimos encima de él. El primero es inevitable. El segundo es una decisión, aunque casi nunca la tomemos a conciencia.


Y lo que no se dice no desaparece. La muerte que no encuentra palabras regresa disfrazada, como insomnio, como miedo desmedido a la enfermedad, como revisión obsesiva del cuerpo, como prisa por llenar cada hora del día. Regresa como imposibilidad de terminar algo, de cerrar una etapa o de despedirse de alguien, porque todo final la recuerda. Regresa en quien no puede tirar la ropa de su madre y en quien vació el clóset al día siguiente para no tener que mirarlo. Rara vez alguien llega diciendo "vengo a hablar de la muerte". Llega hablando de otra cosa, y ella aparece después, cuando hay quien escuche.


El duelo es quizá donde más se nota nuestra dificultad. Freud lo pensó como un trabajo: lento, doloroso, hecho pieza por pieza, en el que uno va soltando cada recuerdo y cada expectativa que lo ataba a quien perdió. Decía que a nadie se le ocurriría considerarlo una enfermedad ni mandarlo al médico, y que interrumpirlo le parecía inoportuno y hasta dañino. Un siglo después hemos hecho casi lo contrario. Los manuales diagnósticos ya incluyen un trastorno de duelo prolongado, con un plazo a partir del cual la tristeza deja de ser tristeza y pasa a ser un cuadro clínico. No niego que existan duelos que se detienen y que necesitan ayuda. Lo que cuestiono es la prisa, la idea de que el dolor tiene un calendario correcto y de que quien lo rebasa está fallando.


Esa prisa no es casual. Vivimos en una época que nos pide rendir, vernos jóvenes y estar bien. En ese guion la muerte solo puede leerse como un fracaso del cuerpo, de la medicina, de la voluntad. Se nos vende la juventud como proyecto y la salud como mérito personal, de modo que enfermar y envejecer terminan pareciendo descuidos. Vale la pena desconfiar de una cultura que nos quiere tan productivos que no nos deja tiempo para extrañar.


¿Qué significa entonces hablar de la muerte? No creo que sea filosofar sobre ella en abstracto, ni repetir que "todos nos vamos a morir" como quien dice que mañana va a llover. Es algo más modesto y más difícil, es preguntarle a quien está enfermo qué teme en vez de asegurarle que todo saldrá bien. Dejar que el doliente cuente la misma historia por décima vez. Decirle a un niño la verdad con palabras que pueda sostener. Atreverse a decir en voz alta lo que uno quisiera para su propio final. Y también tolerar el silencio que viene después, sin apresurarse a llenarlo con consuelo.


No pienso que esto sea morboso ni pesimista. Freud sostenía lo contrario al decir que lo pasajero no vale menos por serlo, que la flor que dura una sola noche no es por eso menos bella. Es justamente porque el tiempo se acaba que elegir importa, que un encuentro pesa, que una palabra dicha a tiempo tiene valor. Si fuéramos eternos, todo podría dejarse para después y nada sería urgente ni precioso. Callar la muerte no nos da más vida. Nos la vuelve más angosta, más ocupada en no mirar.


Hablar de ella tampoco la resuelve. Las palabras no curan de morir, y desconfío de quien promete que hablando se pierde el miedo. Pero le hacen un lugar, y lo que tiene lugar deja de perseguirnos desde la sombra. Freud cerraba aquel texto de guerra modificando un viejo proverbio, si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte. Quizá de ahí viene la necesidad. No de querer entender la muerte, sino de preguntarnos, mientras tanto, cómo queremos vivir.


Tampoco creo que únicamente hablar de la muerte nos haga sentirla menos cuando nos llega, o cuando le llega a alguien que amamos. Pero sí creo que nos podría ayudar para acompañar mejor ese proceso.

 

Por eso propongo algo, antes de pensar en tu epitafio, ¿por qué no pensar en cómo quieres vivir tu vida?

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