


Ira
Fhenixia
Psicóloga, Psicoterapeuta Sistémica & Docente
Antes de aprender a escuchar lo que ocurre bajo la superficie, pasó años entre el arte de transformar apariencias y el antiguo oficio del comercio, acompañada siempre por una facilidad casi indecente para vender prácticamente cualquier cosa.
Ha pasado buena parte de su vida observando a las personas en tres momentos particularmente reveladores: cuando compran, cuando intentan ocultarse y cuando finalmente deciden hablar.
Soy Fhenixia.
Crecí aprendiendo que casi todo se negocia. También que hay cosas que nunca debieron hacerlo.
Desconfío de las reglas que han sobrevivido únicamente porque nadie recuerda quién las escribió, de las lealtades basadas en sometimiento. De los límites que solo parecen ofensivos cuando los establece quien antes no los tenía. Y de ciertas formas de paz, especialmente de aquellas que existen porque alguien aprendió a guardar silencio para conservarlas.
Me intriga lo que ocurre debajo de lo evidente: lo que pensamos y hacemos y las historias que construimos. La psicología me dio un lenguaje para nombrarlo; la clínica cambió mi manera de comprenderlo, la mirada sistémica añadió una sospecha incómoda: ninguna historia pertenece por completo a una sola persona. A veces, lo más interesante es descubrir quién más la está escribiendo.
Tengo, además, una relación peculiar con la información: suele encontrarme antes de que yo la busque.
¿Por qué nos inquieta tanto la ira y tan poco aquello que consiguió despertarla?
Quizá mirar el incendio sea más cómodo que admitir quién llevaba los cerillos.
Hay pocas cosas que despierten tanto mi curiosidad como los límites, el poder, los abusos y todo aquello que consigue volverse normal solo porque nadie se atreve a cuestionarlo.
Quiero saber cómo llegó hasta ahí, quién decidió tolerarlo y, sobre todo, a quién le conviene que permanezca intacto. Una parte de mí quiere comprenderlo. La otra preferiría prenderle fuego.
Reconozco con facilidad la imposición cuando viene de otros. La mía suele parecerme un argumento perfectamente razonable.
Defiendo el derecho a tener voz. A veces debo recordar que eso incluye a quien decide usarla para contradecirme.
Respondo ante Lucifer.
No me inquieta que presida la corte.
Me interesa saber qué hará cuando alguien le diga que no.

